PISTAS Y PAUTAS DE LA LITERATURA FANTÁSTICA

Conferencia pronunciada por el escritor Javier Negrete, galardonado con el III Premio Minotauro,
durante la celebración de las I Jornadas de Literatura Fantástica de Dos Hermanas (Sevilla)
en la Biblioteca Pública "Pedro Laín Entralgo" el sábado 27 de mayo de 2006.

(Con introducción de Antonio López González como miembro del comité organizador.)


Cartel


Introducción

Buenos días a todos y bienvenidos después del apoteósico acto al que asistimos ayer viernes como inauguración de estas I Jornadas de Literatura Fantástica de Dos Hermanas, que nos sirvió de apetitoso entrante para el suculento menú que hoy se nos ofrece. Nos vamos a desayunar en este momento con uno de los más selectos gourmets que en la actualidad nos puede dispensar la gastronomía literaria de nuestro país.

En efecto, de manjar exquisito podemos calificar a este autor que hoy tenemos la suerte y el gozo de tener aquí entre nosotros: Javier Negrete. No cabe duda de que es un referente de primer orden en el mundo de las letras dentro del panorama de la literatura española en general y fantástica en particular.

Javier nace en Madrid en 1964. Estudia Filología Clásica y, desde 1991, trabaja como profesor de griego en el I.E.S. Gabriel Galán de Plasencia. En 1992, publica su primera novela, La luna quieta. Es autor de obras de ciencia ficción como La mirada de las furias, Premio Ignotus a la mejor novela en 1998, y Estado crepuscular, también Premio Ignotus al mejor relato en 1994. Cultiva también la literatura juvenil, un género tal vez erróneamente considerado menor, con obras como Memoria de dragón y Los héroes de Kalanúm. Con Buscador de sombras gana el Premio UPC de Novela Corta 2000, recibiendo hasta en tres ocasiones la mención especial del jurado de dicho premio. También ha sido finalista de los premios Edebé y Barco de Vapor.

En 2003, su obra La espada de fuego es merecedora del Premio Ignotus a la mejor novela, siendo reeditada hasta en cuatro ocasiones. Negrete se convierte así en el primer escritor español en formar parte del catálogo de la Editorial Minotauro, con la que publica en 2005 El espíritu del mago. Finalmente, en 2006 publica Señores del Olimpo, ganadora del III Premio Internacional de Ciencia Ficción y Literatura Fantástica Minotauro.

Hoy, este señor, con este currículo, ha tenido la deferencia de estar con nosotros en estas humildes Jornadas, para adiestrarnos con su particular visión sobre las pistas y pautas de la literatura fantástica.

Poco más puedo añadir. Simplemente que, de todos los dioses que hoy en día nos salvan y nos rescatan del caos, la rutina, el miedo y tantos otros demonios del siglo XXI, de los dioses que, con su palabra y su fantasía, son capaces de trasladarnos a otros mundos y darnos la oportunidad de conocer a otros hérores y soñar con otros paisajes, de los dioses de la literatura fantástica -fantástica literatura-, de todos ellos el señor es, sin duda, Javier Negrete, el señor del Olimpo. Con regocijo, casi con veneración, escuchamos sus palabras.

Antonio López González


Me has abrumado, realmente. Gracias por la presentación, pero no sé si estaré a la altura de las circunstancias.

Ya de por sí, el título de la conferencia que me habéis sugerido, Pistas y pautas de la literatura fantástica, es muy sugestivo. Debo decir que no soy un especialista en literatura fantástica, porque creo que, normalmente, los que nos dedicamos a escribir somos espíritus muy inquietos y picoteamos un poco en todas partes. Hay auténticos eruditos que han escrito estudios sobre la fantasía en general o, por ejemplo, sobre la fantasía escrita aquí en España en particular. En ese sentido, soy un diletante. De todas formas, la visión que os contaré sobre la literatura fantástica, en todo caso, es la visión, muy personal, de mi relación con la fantasía.

Pensando sobre esta charla, una de las sugerencias que me hacíais era comentar la historia de la fantasía. Remontándose a los orígenes de la fantasía, curiosamente también me remonto a los orígenes de mi gusto por la fantasía. Y me explico. Para mí, la primera novela de género fantástico y de aventuras es La Odisea de Homero. Sé que es paradójico, porque no es una novela. Pero yo la leí con ocho años. En aquellos tiempos, a mi hermano mayor, que tenía diez y estaba en sexto, en el colegio de los Frailes, le mandaron leer La Odisea. Me piqué con él e hicimos una especie de competición para ver quién acababa antes de leer el libro. Tuve suerte porque había dos en casa: uno era muy pequeñito, el que utilizaba yo, y me lo pasé genial leyéndolo. Tenía que usar el diccionario constantemente, pero fue muy divertido.

Hubo momentos en que se me pusieron los pelos de punta -tenía pelos entonces-. Esa escena en que Ulises agarra al pastor Melantio, le corta todo lo que sobresale de su cuerpo y se lo echa a los perros para que se lo coman, me dejó impresionado. Además, ese Ulises no es como los héroes de ahora, que, en las películas, cuando está el malo colgando del acantilado -el malo que ha violado a su mujer, ha matado a sus hijos y le ha robado el ganado-, aun así, el pringado del bueno le intenta salvar, aunque luego siempre se resbala.

Aquí hay una escena paracida en la que uno se abraza a las rodillas de Ulises, al final, y le dice: "Recuerda que, cuando estabas disfrazado de mendigo, yo fui el que te trató mejor". En efecto, le trató mejor y el lector piensa que le va a perdonar la vida. Pero Ulises le dice: "Habértelo pensado antes" y le clava la espada. Te quedas seco.

Comentarios personales aparte, lo cierto es que la considero la primera novela de fantasía y ahora explicaré por qué. En realidad, la literatura fantástica es mucho más antigua que el realismo, supongo que porque, ya puestos a inventar historias, los hombres antiguos, que llevaban una vida bastante perra como para tener ganas de reflejarla encima -si ya la estaban viviendo, ¿para qué la iban a poner por escrito?-, preferían fantasear. Las primeras historias son aventuras con muchos elementos sobrenaturales. Quizás la obra más antigua, la Epopeya de Gilgamesh, se puede considerar fantasía heroica, fantasía pura y dura. En su versión original sumeria, del tercer milenio antes de Cristo, y en las posteriores copias de la época babilónica, en el segundo milenio antes de Cristo, se introducen elementos que son propios de la literatura fantástica.

Hay uno que es clásico: el viaje. El viaje para conseguir alguna meta que, por supuesto, es importantísima, el poder o un objeto poderoso. En el caso de Gilgamesh, que ya lo tiene porque es un rey con la mitad de su sangre divina, lo que busca es la inmortalidad, otro de los sueños del hombre que ha influido en la literatura fantástica. A partir de esta Epopeya de Gilgamesh, los ejemplos pueden ser miles, pero me centraré en La Odisea.

No sé si será azaroso, pero según la escuela analítica, sobre todo los alemanes del siglo XIX, aparte de poner en duda la existencia del propio Homero, La Ilíada y La Odisea, sus obras, no serían más que una especie de refrito de un canto aquí y otro allá, pegados con unos costurones como los del monstruo de Frankenstein y con muy poco talento. A mí me sorprendió leer esta crítica y estudiar todo esto, durante la carrera, porque ese talento era evidente al leer La Odisea.

Los críticos y los filólogos clásicos siempre han apreciado más La Ilíada, el gran poema por excelecencia que narra la cólera de Aquiles. Pero para el lector moderno, creo que resulta más interesante La Odisea; quizás en griego pierda, pero en las traducciones, frente a La Ilíada, se convierte en una novela moderna, porque tiene todos los elementos de una novela: narración, descripciones y diálogos. No sólo eso, sino que además tiene una estructura singular y bien elaborada. Cuando la empecé a leer, descubrí que el personaje no aparece durante los primeros cantos. Vamos oyendo hablar del protagonista, en boca de Penélope, Telémaco, Zeus y Atenea, sin que aparezca. Éste es otro interesante elemento que todos los que escribimos hemos utilizado a veces, en vez de presentar al personaje directamente, se presenta por los ojos de la gente que le rodea, pues, además, cada uno lo ve de una forma distinta.

Cuando llega el deseado momento de conocer personalmente a Ulises, vemos cómo naufraga en la isla de Calipso, su delicioso encuentro con Nausica, y llega por fin el núcleo de esta historia de aventuras, un "flashback", una técnica aparentemente tan moderna en una obra escrita setecientos años antes de Cristo, cuando Ulises cuenta sus andanzas en primera persona. Además, es un intrusismo puro, pues una narración de narrador omnisciente pasa de pronto a ser relatada en primera persona.

Después de las aventuras, tenemos el final, una auténtica saga épica, el regreso de Ulises con uno de los temas por excelencia de la literatura: la venganza. En este caso, no le han hecho gran cosa a Ulises, no es como el conde de Montecristo, no se lo han hecho en el pasado, pero se lo están haciendo: le quieren quitar la mujer, quieren asesinar a su hijo y, sobre todo, le están desvalijando -se están comiendo todos sus jamones y bebiendo todo el vino de su bodega-, creo que eso es lo que más le debió ofender. Al final, se produce una batalla terrorífica, sangrienta. Los pretendientes de Penélope son masacrados vilmente. Después de tanta sangre, asistimos a un encuentro muy romántico entre Ulises y Penélope, que, en una época en la que se daba de lado a la mujer, tiene una personalidad muy marcada. Este sentimiento de ternura y el reencuentro entre los esposos son muy modernos.

Me he extendido porque me gusta mucho La Odisea y porque sinceramente creo que podemos aprender mucho de ella. Sin existir la novela, insisto, ya era una novela.

Javier Negrete con Antonio López

Javier Negrete con su presentador, Antonio López


Muchos dicen que la novela aparece en el Renacimiento, pero en la época helenística hay obras en prosa con las características de la novela que siguen el modelo de La Odisea. Cuando surge esa primera novela es una obra de fantasía, con cíclope, gigantes, etc. Por otro lado, dentro de la tradición de la literatura griega y occidental, es realista. En contraste con obras orientales, como el Ramayana, la epopeya que refiere la historia de la encarnación de Rama, que resultan relativamente inhumanas, nada realistas, con imágenes inconcebibles, los griegos humanizaron su propia fantasía. Curiosamente, la fantasía tiene que ser realista. Una de las labores más importantes de un escritor de literatura fantástica es la documentación. Hay que ser muy descriptivo porque, precisamente, al hablar de aspectos que quedan fuera de nuestra vida cotidiana, para que el lector pueda suspender la incredulidad, hay que ser muy convincente y muy realista. Si combinamos las tramas fantásticas con un estilo muy extraño, el lector no va a conectar con la obra.

Creo que no se ha dejado de escribir fantasía en ningún momento de la historia. El asno de oro de Apuleyo es una delicia que os recomiendo leer si no lo habéis hecho. Se trata de un relato mágico. El personaje está empeñado en aprender magia. La obra mezcla elementos muy modernos del terror, como el vampirismo y los cementerios.

La literatura fantástica tiene mucha tradición, aunque en España, por desgracia, no tanto. Hace poco, en el aniversario de la Editorial Minotauro en Barcelona, Julián Díez, conocido crítico de ciencia ficción, dio una charla sobre la historia de la ciencia ficción y la fantasía en España y comentaba que en España el problema es el dogma del realismo, culpando en parte a Cervantes.

Cervantes consiguió el objetivo contrario que pretendía. Está clarísimo que era un "friki" de la época. Cualquiera que lea el escrutinio de los libros que tenía en la biblioteca, se da cuenta de que Cervantes los había leído y daba opiniones muy certeras. Por ejemplo, salvó el Amadís de Gaula por ser el modelo original y hablaba muy bien de Tirante el Blanco. En realidad, no pretendió tanto hacer una crítica destructiva contra los libros de caballerías como un verdadero homenaje. Temo que eso no fue entendido y parece que, a partir de ese momento, en España no se podía escribir ese tipo de cosas. Algo se ha escrito. Autores como Gómez de la Serna o Armando Palacio Valdés tienen obras fantásticas, pero eran apartadas. Mientras, en otros países, se escribía fantasía.

Consultando datos para esta charla, vi que muchos autores sitúan el comienzo del género fantástico moderno en el siglo XVIII y hablan de El castillo de Otranto de Horace Walpole o El monje de Matthew Lewis. Pero se saltaban una obra que leí de niño y que me encantó: Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift, de una fantasía desbocada, no sólo porque haya enanitos y gigantes. La parte que más me llama la atención es la de la isla de Laputa -cambiada a Lupata en la traducción que leí por obvias razones-, esa impresionante isla voladora. La obra marca un antes y un después, pero, como es trascendente y constituye una crítica social, al ser un clásico, la sacamos automáticamente del género de la fantasía, que es lo que la Literatura -con mayúsculas- hace siempre. Cuando una obra es realmente buena o se considera una obra maestra nos la quieren quitar a quienes tenemos un amor reconocido por la fantasía.

En el siglo XVIII, empieza una tendencia hacia el terror moderno, con castillos siniestros y escenarios góticos, que dará lugar a obras más curiosas y con mayor alcance literario como, por ejemplo, El manuscrito hallado en Zaragoza, de Jan Potocki, una obra de gran calidad y originalidad estructural -una historia dentro de otra, una serie de cajas chinas en las que el lector llega a perderse-, con escenas muy inquietantes. Recuerda a Las mil y una noches pero con un filtro de modernidad.

Tras esto, seguirá el maestro del cuento: Edgar Allan Poe. Hoy no hay esa propensión a leer los libros prohibidos, como antes, los libros de mayores, más allá de los clasificados como juveniles. Y es una pena.

En el siglo XIX, se abren diversos campos dentro del terror y la fantasía. Actualmente, tenemos a la fantasía demasiado encasillada, parece que tiene que ser sólo como El señor de los anillos. Pero hay muchas más formas de fantasía. En el siglo XIX nace la ciencia ficción, [...] que a mí me parece otra rama muy importante del género fantástico. No deja de ser fantasía, ajeno a lo cotidiano, pero intenta ser razonada, razonable, partiendo del racionalismo del siglo XIX, intentando dar una explicación a los acontecimientos fantásticos que se narran. El padre de esto es Julio Verne, el gran creador de este tipo de literatura, aunque los anglosajones hayan querido apropiarse de la ciencia ficción. De nuevo, volviendo a un elemento clave: los viajes extraordinarios.

Quizás el auge de esta fantasía actual con obras como la mía, La espada de fuego, se deba al agotamiento de la fórmula del viaje. En la época de Verne todavía quedaban rincones de la Tierra sin explorar, todavía podía enviar a su capitán Hatteras al Polo Norte y encontrar allí cosas muy extrañas porque nadie había llegado aún. Pero, a principios del siglo XX, esto se va agotando y es muy difícil encontrar mundos perdidos. En las novelas de Edgar Rice Burroughs, con Tarzán, todavía encontramos lugares raros, pero se van arrinconando cada vez más. Esto podría explicar que aparezca lo que algunos llaman "Alta Fantasía", no tanto en el sentido de la calidad literaria sino porque es fantasía desbocada y se basa en que se inventa radicalmente un mundo.

Antes de pensar en Tolkien, habría que recordar a Robert E. Howard, con Conan, a quein descubrí por los tebeos de Marvel. Había leído muchos cómics de Spiderman y compañía y me lo pasaba bien. Pero Conan era un mundo totalmente nuevo y con esos primeros dibujos tan barrocos y sugerentes de Barry W. Smith me sentí fascinado por ese universo totalmente inventado. No deja de llamar la atención que uno de esos reinos que parece tan exótico a los lectores norteamericanods se llamara Zamora. Y esto es porque Howard debía de ser de cultura autodidacta y recogía información de todas partes, algo que se nota en los nombres que utilizaba (egipcios, célticos, etc.).

Como futuro escritor, en mi época infantil, me dedicaba todavía a hacer tebeos. Luego vi que no dibujaba muy bien y me pasé a la literatura. Me marcó la idea de inventar un mundo propio de este tipo.

Hay otro autor un poco olvidado del que no se habla demasiado, Clark Ashton Smith con sus mundos perdidos y una calidad literaria superior a la de Howard. Con autores como Howard y Smith tenemos el principio de la tendencia de esa fantasía que parece ser la única y que realmente no lo es. Se trata de un género que puede llamarse de muchas maneras: espada y brujería, fantasía épica, etc. Algunos incluso sabrían distinguir doscientas facetas distintas y probablemente considerarían una herejía igualar la espada y brujería con la fantasía épica. Sinceramente, me parece que no hay tanta diferencia. Estamos hablando de mundos totalmente inventados, de bárbaros y guerreros luchando contra magos y criaturas demoníacas. Luego, el asunto es la mayor o menor calidad literaria que puede existir. De entrada, en la época de Howard, es un subgénero para lectores adolescentes y, supongo, para no tan adolescentes que leían esto a escondidas. Así llegamos al fenómeno de Tolkien.

Lo curioso de Tolkien es que en sus biografías no he encontrado referencias a que leyera a otros autores como Howard. A lo mejor lo hacía y no lo confesaba. Tolkien era más amante de la ciencia ficción. Su valor radica en que no hizo un refrito de otras fantasías. Tolkien era un profesor de Literatura Anglosajona que creía en el mundo épico anglosajón y en su poema épico favorito, Beowulf. Las influencias que recibió venían de esa literatura y su amor por el mundo medieval. El problema viene cuando muchos le imitan sin pasar por eso, creando fantasía de tercera generación. Tolkien, desde luego, marca un hito y, en cierto modo, como Cervantes, causó el mismo daño para la literatura fantástica involuntariamente, por tener una legión de imitadores y parecer que la fantasía tiene que moverse siempre por esos derroteros. Me pregunto por qué todos esos mundos inventados tienen que estar llenos de trolls, elfos y enanos. [...]

Los elementos que aparecen en Tolkien no dejan de ser los mismos, sobre todo, el viaje. La clave de su novela es un viaje, emprendido no para conquistar un objeto sino para librarse de él. Esa diferencia explicaría buena parte de su éxito. La otra es la inmensa convicción en su obra, él se la creía. Es un novelista de una única novela. Como novelista, Tolkien dejaba mucho que desear y le daba igual trabajar sobre una estructura carente de equilibrio.[...]

Su obra no es una novela, es un parque temático, porque entras en el viaje y te lo crees. Pero luego tiene momentos en que la estructura se viene abajo, como ocurre con el pasaje de la ciénaga de los muertos [...]. No era un novelista instintivo, sino un creador literario que escribió una obra superior a la de otros, con sus virtudes y defectos.[...]

Al leer a Tolkien, pensé: "¿por qué no me invento mi propio mundo con lo que me gusta hacer mapitas?". De ahí proviene mi primera versión de La espada de fuego. Creo que no soy el único que se ha dedicado a escribir fantasía por haber leído a Tolkien. Por ejemplo, eso mismo comenta también el escritor Stephen Donaldson, muy denostado en España por cierto, autor de Las crónicas de Thomas Covenant. [...]

A partir de Tolkien, surge esa fantasía épica de la que hablábamos. Parece además que tiene que venir en forma de trilogías e incluso trilogías de trilogías. Cuando intenté publicar La espada de fuego, Timun Mas empezó a editar la Dragolance, que parecía un producto interminable.

Algunos autores de calidad han entrado en este tipo de fantasía, como es el caso de George R. Martin. Después de unos cuantos años como guionista de cine, ha creado su propia saga de fantasía épica. [...] Aporta gran madurez, no se trata de literatura juvenil. Se teme por los personajes -en El señor de los anillos, con la excepción de Boromir, los personajes apenas sufren rasguños-. Martin hace grandes inversiones en personajes a los que los lectores cogen mucho cariño y los mata. Hay que tener cierto valor para hacer eso, porque los autores somos muy tacaños; si nos ha salido un personaje que nos gusta, ¿cómo nos lo vamos a cargar? Incluso cuando lo hacemos, nos regaña el editor y somos hasta agredidos por los seguidores. Es duro. Pero hay que hacer que el lector sufra un poco y, para hacerlo, es necesario que vea en peligro a los personajes.

Otro autor que ha revolucionado la fantasía es el polaco Andrzej Sapkowski. [...] Se basa en su tradición cultural, pero de forma muy diferente a Tolkien. [...]

Hay otras fantasías además de la épica, como la fantasía culta. Nos quieren quitar a autores como Borges e Italo Calvino. [...] Otro autor que me impactó de adolescente fue Dino Buzzati, cuya obra más conocida es El desierto de los tártaros, con ciertos toques kafkianos, pero con obras de pura fantasía como El secreto del Bosque Viejo, en la que hay vientos que son genios y muebles que hablan. Es un maestro del cuento, de terror y de fantasía de todo tipo. Eso sí, escritos con un estilo aparentemente sencillo y cotidiano, porque él opinaba que la fantasía tiene que entrar con cierto toque de realismo. Sobre todo, su cuento Siete pisos, con un ambiente opresivo en el que un personaje ingresa en un hospital, en la séptima planta, donde están los más sanos -nunca se dice qué enfermedad tratan allí-, y le van bajando de piso en piso por cuestiones administrativas, traslados temporales. El lector sabe que, según va empeorando la salud del paciente, éste va bajando de piso. Y sabe que el protagonista va a seguir bajando de piso inevitablemente. Es posible que, inconscientemente, me influyera de algún modo a la hora de escribir La luna quieta.

Antes de terminar, recomendaré otro libro: La colina de Watership, de Richard Adams, una aventura épica protagonizada por conejos, con cuentos dentro de la novela que son pequeñas obras maestras. Es otra fantasía distinta, pero de nuevo con el viaje como elemento fundamental.

Javier Negrete


Mesa redonda

Mesa redonda posterior con Javier Negrete, Rafael Marín y Pepe Carrasco, presentada por David Sevillano