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Cuentos de Atlántida


Revelaciones en una posada

3 de Paofi del año 18 en Ra; 2 de Poam de 4213 tras la fundación de Aa...

Una noche más, Matlec había abandonado la Academia de incógnito. Hasta entonces, nunca le habían pillado, ni siquiera sus compañeros de cuarto. Matlec miró seriamente a aquel desconocido que ocultaba el rostro bajo las sombras de un capuz. Parecía querer encubrir su identidad ante el resto de los individuos que se agolpaban en la casa de la cerveza. Pero en aquel sórdido establecimiento junto a los muelles cada cual se ocupaba de sus propios asuntos y era fácil pasar desapercibido. Allí los Maasi y los Tlepoc se entremezclaban pacíficamente olvidando rencillas y discriminaciones.

-¿Y de qué objeto hablabas, Toapek?

-Una esmeralda... de brillo y volumen increíbles -dijo el interpelado, con voz temblorosa. Su forma de hablar le delataba como un Tlepoc, un renegado que se había quedado sin oficio, probablemente por su exagerada propensión a visitar las tabernas-. Sus caras rutilantes están talladas con una perfección que las manos de una persona vulgar no podrían conseguir, aunque reuniera toda la maestría y supiera manejar los utensilios más sofisticados de la profesión. En ellas la luz produce reflejos cegadores y éstos evocan el poder que, según dicen, almacena en su interior, pues es un objeto maldito y prohibido: el Ojo Sagrado.

-¿El Ojo Sagrado? -preguntó Matlec con escepticismo, incitándole a beber otro sorbo del vaso que acababa de pedir para él-. Creía que era un mito. ¿Cómo sabes todo eso?

-¿Dudas de mi palabra, hermano? -increpó aquel desdichado charlatán, soltando una estridente y sonora carcajada-. He sido centinela en el Bar-el-Zaa de Thool durante años y sé qué incalculables tesoros alberga. ¡Por las Cuatro Formas!

-Mejor será que no jures -amonestó Matlec, secándose los labios en la manga de su túnica-. En la Academia te denunciarían sin titubeos por proferir tales blasfemias.

-¡Qué gran respeto guardas aún a la disciplina de la Academia! -espetó aquel ebrio Tlepoc, sosteniéndose a duras penas sobre el banco que ocupaba-. Eres alumno aún, ¿no? Así podría asegurarlo por la calvicie que corona tu cabeza. ¿Has escapado esta noche para ser libre por un rato?

-Sí -admitió el joven discípulo cabizbajo-. También yo tengo mis secretos.

-Eh, "piel gris". Paga lo servido como es costumbre -prorrumpió el posadero señalando la faltriquera de Matlec.

Pero fue el otro quien extrajo unos gramos de persea de su bolsa y los entregó al exigente camarero, poniéndose en pie a la vez para marcharse.

-Que las Cuatro Formas te guíen por el sendero recto, hermano -le dijo, saludándole cordialmente con la mano-. Fue un placer hablar contigo.

Por un momento, Matlec atisbó sus rasgos faciales bajo la capucha. Luego, el embozado salió tambaleándose por la puerta y le dejó a solas, en medio de la muchedumbre.



Hacía tiempo que el maduro centinela no desempeñaba ninguno de los oficios que se asignaba normalmente a los Tlepoc. Debido a sus vulgares aficiones como asiduo cliente de las casas de cerveza y a los nefastos efectos que tenían sobre él, las autoridades le habían ido apartando de las labores de vigilancia y, especialmente, del acceso restringido a los edificios oficiales. Antes de que fuera consciente del problema, se había convertido en uno de los muchos parias que deambulaban por la isla, sobre todo en torno a las grandes ciudades.

Tenía una cabaña, construida con ramas y juncos, junto a un manantial, y hasta allí se arrastraba cada noche, ebrio o sobrio, buscando cobijo. Pasaba días enteros bajo aquella techumbre y, en particular, los momentos en que necesitaba recurrir a la soledad. Cuando las cosas no iban bien, los Tlepoc eran propensos a sumirse en la melancolía.

Aquella mañana no era la melancolía lo que se cernía sobre él, sino una tremenda resaca. Cuando despertó, recordaba remotamente la conversación mantenida con el joven estudiante de la Academia, pero no sabía de qué habían estado hablando. La penumbra nocturna aún no había desaparecido cuando Toapek abrió los ojos, agitado por un ruido. Instintivamente pensó que algún animal había penetrado en su indefenso lar y se aprestó a ahuyentarlo, pero era un grupo de extraños sujetos lo que encontró alrededor de su mugriento jergón de paja.

Varios siniestros individuos que ocultaban sus caras al abrigo de mantos y capas habían entrado sigilosamente en la humilde vivienda y le acorralaban formando un círculo a su alrededor. Uno de ellos se dirigió a él, forzando el timbre de voz para no ser reconocido.

-¿Eres Toapek Tlepoc?

-Así me llaman -masculló vacilante.

Antes de que pudiera reaccionar, aquel tipo se agachó abalanzándose sobre él y, de repente, sintió en el costado un dolor tan lacerante como la mordedura de un áspid cuando inyecta su veneno. Toapek se sintió desfallecer y, con rapidez, sintió que le abandonaban las fuerzas.

El agresor hurgó en la cabaña y le arrebató sus pertenencias más valiosas para que pareciera víctima de un robo. Otro miembro del grupo, el más alto y corpulento, aferró a Toapek por las ropas y lo levantó sin ningún esfuerzo, sacándolo al exterior, hasta la orilla del arroyo, donde manaban de las entrañas de la tierra las aguas termales a elevadas temperaturas. Era imposible meter un dedo sin quemarse en aquel estanque cuya superficie burbujeaba constantemente y desprendía cierto hedor irrespirable.

Aamon, eterno custodio de todos los misterios, le sujetaba impasible por el cuello, mientras se aproximaba al agua. Presagiando lo que le esperaba, el pánico invadió a Toapek, que se revolvió tratando de librarse de la zarpa que le sostenía, inútilmente porque se encontraba muy débil debido a la droga que le habían administrado. Aamon le miró como a un traidor infame y lo arrojó al manantial hirviente, donde se consumió con rapidez.

A continuación, la cuadrilla se internó en el bosque buscando la tenebrosa calzada que llevaba de vuelta a Thool, tras perpetrar con tal impunidad aquel crimen.

Días después, el temor atenazaría el corazón de Matlec, cuando supo del fatal desenlace de su compañero de charlas aquella velada. Quedó conturbado, sospechando que algo había de maligna esencia en la verdad que le había confesado Toapek inducido por la bebida y que, si se descubría que él sabía algo al respecto, sólo podía aspirar a un final semejante.

                  
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