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Cuentos de Atlántida


Los saqueadores de barcos

19 de Atir del año 18 en Ra; 8 de Yaketl de 4213 tras la fundación de Aa...

El Farl-ik-Oon se debatía contra el temporal y se revolvía sobre el temible oleaje, meciéndose violentamente con cada arremetida del agua. Pero la "Pantera del Mar" seguía en el puente, siempre erguida y sacando pecho, suscitando valor a sus hombres, incluso a los que se mostraban más incrédulos ante sus demostradas cualidades. A muchos, los más veteranos, los hipnotizaba con su coraje sobrenatural, que les conducía sin vacilaciones, atravesando el océano de uno a otro punto de la gran isla de Aztlan. Ella, en cambio, habría querido navegar más allá, pues decían que había otros archipiélagos hacia donde moría el Sol y sabía que se establecían intercambios comerciales con pueblos establecidos en los cercanos continentes al este; uno de sus proyectos era aventurarse sola en busca de tierras que le prodigaran riquezas huérfanas.

Sin embargo, aquella fría noche parecía que el turbulento mar estaba dispuesto a desafiar a su dueña hasta lograr derrotarla. Embestía con fuerza el deteriorado casco de la nave y lo empujaba con virulencia hacia los acantilados.

-Te advertí que debíamos haber recalado en los alrededores de Tzakoo, donde hay algunas playas abiertas -vociferó Oalmut, dolorosamente, subiendo el volumen de su estentórea voz sobre el ruido que producían los crujidos del maderamen.

-Teníamos que doblar la punta de Cozatl-ik-Kala antes de que cayera sobre nosotros la tormenta -repuso Edda con firmeza-. Pero hay algo que ha despistado a nuestro piloto. ¡Es muy extraño!

Y la perspicaz mujer no se equivocaba. Justo cuando habían arriado las velas para evitar que el fuerte viento dominara sus maniobras, el vigía avistó raras formas entre las tinieblas y se encendió una segunda luz en el horizonte, aún más potente que la que les había guiado hasta el nacimiento de aquellos precipicios verticales.

-¡Nos han engañado! -gritó a viva voz, cundiendo la alarma-. ¡No estábamos siguiendo el verdadero faro!

Desde su puesto, la valerosa capitana también podía verlo ahora: la luz perpetua que avisaba en la "Punta del Sur" de las irregularidades de la costa en la nocturna oscuridad. El bajel seguía estremeciéndose. Los palos vibraban mientras avanzaban entre enormes farallones y el fondo del casco rozaba los arrecifes.

-¡Ladrones! -dedujo Edda, con los ojos inflamados por la rabia-. ¡Quieren hundirnos para hacerse con nuestro botín!

Era la trampa perfecta. La corriente les hacía progresar hacia los abruptos barrancos y les era imposible maniobrar en ese momento sin encallar entre los escollos. Sobre la escabrosa línea de la costa, al borde del acantilado, el resplandor de los relámpagos dibujaba contra el negro cielo el perfil de múltiples sombras, hombres y mujeres sin otro oficio que el de confundir a los mercantes para hacerles naufragar y así poder robar su cargamento. Abajo, en los riscos barridos por la feroz marea, a ras del mar, les aguardaba un numeroso grupo de temerarios bandidos, armados de escudos, espadas y lanzas, dispuestos a emboscarles, rematar a los supervivientes y arrebatarles sus enseres.

Edda no iba a permitir que algo así sucediera. Aunque lo cierto era que nunca se había visto en peor trance. Sólo necesitaba un giro de los acontecimientos a su favor, una ayuda proverbial de la naturaleza. Y, milagrosamente, la obtuvo: el viento empezó a soplar en otra dirección.

-¡Izad las velas de nuevo! -exhortó, paseándose por la cubierta para zarandear a su tripulación y obligarles a subir por los obenques-. ¡Arriba esas lonas!

Tan cerca estaba el Farl-ik-Oon de estrellarse contra las rocas que los furibundos asaltantes aumentaron el griterío, regocijándose de una presa segura. Desde lo alto, los arqueros arrojaron una lluvia de saetas más peligrosas de lo convencional, pues sus puntas, impregnadas de una materia inflamable, ardían surcando el aire en forma de oleada incendiaria.

-¡A cubierto! -gritó Oalmut, protegiéndose bajo un travesaño.

Las flechas inundaron la nave, clavándose en los costados y en la arboladura, pero también en la carne de algunos desafortunados. Observaron con estupor que el fuego no se extinguía ni bajo el agua y los dardos seguían flameando incluso cuando caían al mar. Las llamas formaban un cerco alrededor del velero, iluminando su posición. El erudito Vikhatl examinó uno de los proyectiles, apagando su ardiente punta con un trapo; se trataba de una sustancia resinosa que ardía incesantemente durante largo rato.

Edda sopesó la situación rápidamente. Habían tenido suerte de no exponer aún las lonas a la peligrosa descarga, que habría prendido en ellas condenando la nave. Los fuegos locales eran sofocados por los marineros. Pero no podían esperar a que se desarrollara un segundo embate, menos aún ahora que toda la silueta del buque quedaba delatada en la penumbra por las luces de los focos que se sumergían paulatinamente en el agua. Aquel despiadado ataque azuzaba a sus hombres a combatir cualquier amenaza, mas sólo tenían una oportunidad.

Henchidas por el viento, las velas impulsaron al Farl-ik-Oon hacia atrás bruscamente, remontando la corriente. Oalmut ayudó a Edda a aplicar toda su pericia y controlar la caña del timón para que el barco no desviara su rumbo. Así que retrocedía sin tocar los colosales taludes de piedra que les rodeaban. Contra toda predicción y para estupor de la tribu de ladrones, cuyos preparativos para una próspera noche de pillaje habían resultado infructuosos, fueron burlados por la audacia de la "Pantera del Mar".

Cuando las estrellas declinaban en el firmamento y faltaba muy poco para que despuntara el sol, Edda protestó rechazando los consejos emitidos por su dócil hombre de confianza.

-Si hubiéramos tomado derrota hacia la Isla Maldita como yo quería, no habríamos padecido este lance -dijo, alisándose la cabellera, encrespada y maltratada por el salitre.

Oalmut sonrió emocionado, sabiendo que llegar a ese islote era otro reto para su amiga y capitana.

-Tu generosidad en halagos me abruma -bromeó, guiñándole el ojo con complicidad.

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