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Cuentos de Atlántida


Los Profesionales

27 de Tibi del año 18 en Ra; 16 de Kimueron de 4213 tras la fundación de Aa...

Recién llegado de Lhamo, la primera noche le sorprendió deambulando como una sombra errante por el puerto de Thool-obe-Gara. Kadham había buscado desesperadamente durante toda la tarde algún sitio donde alojarse, algún trabajo para subsistir por duro que fuera, pero aún no había tenido éxito. Al ocaso, cuando el fragor de los muelles había cesado, se movía desfallecido, como un ser sin voluntad.

Pero con el crepúsculo, cuando los crujidos de las cuadernas se oían perfectamente en el silencio que todo lo invadía, mientras los barcos amarrados se mecían al compás del crepitante oleaje, se reunían en los rincones más inesperados los noctámbulos, los seres que vivían de la noche.

-¿Esto es todo lo que puedes ofrecer, Lalio? -inquirió con gesto imperioso el hombre a cuya voluntad respondían los demás congregados bajo aquel toldo. Se trataba de un tipo pequeño, calvo, arrugado y de expresión taimada. En aquel momento valoraba los objetos que tenía delante, algunas vasijas y viejas herramientas.

-El día no se me dio bien, Asón -arguyó el otro, un sujeto hosco y harapiento, desairado por el tono despectivo de su superior-. Fui a entrar en una vivienda miserable, amueblada sobriamente y donde sólo había utensilios de metal y arcilla cocida, pobres tejidos de fibras vegetales, ungüentos y perfumes aceitosos, y jergones llenos de hojas secas que usaban como lecho.

-Pues hubiera sido más práctico hacerte con uno de esos jergones, Lalio, porque al menos te hubiera permitido pasar confortablemente sobre él el lapso del sueño -replicó socarronamente el cabecilla, azuzando a sus camaradas para que le siguieran la broma. Pero la hilaridad que había provocado con sus palabras se apagó pronto-. Poco vas a recibir por estas cosas. Deberías ser más meticuloso al seleccionar tus objetivos. Danos los datos de la casa para entrar en contacto con sus inquilinos.

-Espero que esta noche resulte más lucrativa -dijo el secuaz, sometido al escarnio y ahogando un suspiro.

Kadham les contemplaba desde las sombras, pero no se ocultaba a sus miradas, pues ellos obraban con libertad, sin temor a ser descubiertos, a pesar de que estaban tratando algún asunto de naturaleza desagradable. Casi todos eran Maasi -jóvenes y viejos, hombres y mujeres-, pero también había entre ellos algún Tlepoc descarriado.

-Tú, el mirón, no te conozco -le espetó aquel hombrecillo desaliñado llamado Asón que dirigía las operaciones-. ¿Estás inscrito? Si tienes algo que entregar, ponte a la cola.

Kadham negó con la cabeza vigorosamente, pero se sentó y les siguió observando abstraído. Fue entonces cuando logró averiguar con espanto quiénes eran pues había oído hablar de ellos. No obstante, el saberlo le tranquilizó de alguna manera, porque se deducía que todo estaba bajo control.

Se trataba de los Profesionales, ladrones que constituían una especie de institución y que se organizaban en grupos en todas las poblaciones. La ley ordenaba que cuantos quisieran dedicarse a la empresa del hurto debían inscribirse en un registro administrado por el líder del sector que le correspondiera. Asimismo, debían llevarle a él todos los objetos robados. El jefe tenía que restituirlos a sus dueños en seguida, pero percibiendo una recompensa que se estipulaba previamente. En la imposibilidad de impedir de manera rotunda que se robase, los legisladores de Aztlan habían hecho pública esta drástica medida para que se devolviera lo sustraído. De este modo, el hecho de arrebatar a otra persona sus pertenencias se había convertido en un arte minucioso que debía respetar los reglamentos dictados para ello; de hecho, saltarse las reglas conllevaba sufrir serias sanciones con duras penas físicas. Para los Profesionales no había ciudad suficientemente grande; se perdían en su inmensidad y perpetraban sus infalibles atracos, sin ser perseguidos a causa de ello por las autoridades. La distribución de beneficios se hacía de forma regular y homogénea, proporcionalmente a lo que se aportaba. Cuando Kadham encontró a aquella pandilla se estaba efectuando uno de los dos repartos de la jornada; el otro se realizaba al amanecer, pues había quienes preferían los asaltos nocturnos, mientras la gente dormía, aunque éstos solían estar mal vistos por allanar la morada de las víctimas con el riesgo de perturbar su sueño.

Estuvo a punto de acercárseles para informarse mejor y probar suerte, pero luego desterró ese pensamiento de su mente. No quería dedicarse a esa clase de actividades, perniciosas si no para él, con seguridad sí para los demás.

Resonaron pisadas en las tablas del muelle como el mugido de un terremoto cuya sacudida se aproximaba, anunciando el paso marcial de un pelotón de guardias. Así, Kadham salió de su ensimismamiento. La llegada de aquella patrulla de Tlepoc no alarmó especialmente a los Profesionales, que siguieron con el trajín de sus negocios. Nadie se inmutó ni pareció inquietarse, pero el semblante de Asón reflejaba cierta preocupación, pues no era habitual recibir la visita de las autoridades.

-¿Asón, el administrador de bienes del sector de Oon-tak-Meeren? -dijo solemnemente quien comandaba a la aguerrida partida de los Tlepoc, con la intuición de que debía dirigirse hacia aquel hombrecillo sedente que examinaba las mercancías a valorar según las tablas oficiales.

-Yo soy -respondió Asón lacónicamente, abandonando su quehacer por un instante-. ¿Qué se te ofrece?

-Asón, administrador de bienes de Oon-tak-Meeren -sentenció el soldado, repitiendo el título de su interlocutor-, has sido denunciado por transgredir las normas del reparto y debes responder por ello inmediatamente. Se te inculpa de haber permitido el robo repetido de un mismo objeto de gran valor en sucesivas ocasiones sabiendo de su naturaleza. Se te acusa asímismo de coaccionar a los propietarios de objetos también de gran valor, fomentando la subasta sin dejar constancia ni registro de las recompensas ofrecidas por los dueños como ordena el reglamento.

Asón palideció porque su vida acababa de dar un vuelco. Aquello significaba que estaba a punto de perder todo el prestigio ganado durante años al frente del mercado del cambalache y, en particular, los privilegios que ocupar ese puesto le conferían. Resultaba inaudito que se le acusara de aquello. Los delitos que se le imputaban eran de uso común en el gremio, aunque generalmente se respetasen con primor las diligencias del oficio, y quedaban tácitamente aceptados incluso por los afectados, los clientes a quienes se robaba. Estaba seguro de que ninguno de ellos había sido el denunciante pues no les convenía llevarse mal con quienes garantizaban la devolución de sus bienes intactos.

-¿Puedo saber quién me acusa de tales actos?

-Un tal Lalio -contestó el inexpresivo militar en seguida.

-¡Lalio! -exclamó Asón, crispado por la turbación que le había producido oír aquel nombre. Se volvió hacia el subordinado que le había traicionado sin comprender muy bien qué le había motivado a hacerlo e imprecó-: ¿Lalio? ¿Por qué?

-Debe cumplirse la ley -amonestó impetuosamente el pérfido ladrón que le había delatado, cruzando una mirada esquiva con Satl, un camarada maduro y corpulento de mirada ceñuda.

Kadham contemplaba la escena con curiosidad. El cargo que ejercía Asón era indudablemente muy envidiado y podía ser codiciado por sus funciones y ganancias, así como por el poder que todo esto implicaba. Pero Lalio sólo era un provocador que había sucumbido a la ambición y cuyas aptitudes dejaban mucho que desear. No era él quien podía sucederle, sino precisamente Satl, el veterano grandullón con el que parecía haberse confabulado contra Asón, pensando tal vez que podría recibir un trato de favor y aumentar sus márgenes de beneficios.

Con mansedumbre, Asón se desciñó la lujosa faja cuyo color blanco dejaba constancia de sus atribuciones y se entregó desengañado a los guardias. Pero, entonces, cuando recibía el legado de Asón y antes de ajustarse la faja alrededor de la cintura sobre el faldellín, Satl habló dando muestras de su habilidad verbal y de su talento para manipular la situación a su capricho.

-Os deberíais llevar también a Lalio.

Al escuchar su voz monocorde y opaca, los soldados le miraron de hito en hito, aturdidos. Lalio, que se creía su confidente, dio un respingo y tragó saliva, incapaz de imaginar a qué respondía aquella reacción del sujeto a quien acababa de encumbrar haciendo realidad sus mayores aspiraciones. Asustado, el cuerpo no le cabía en los andrajos que vestía.

-Si ha denunciado a Asón, no está adoptando el sentimiento de hermandad que existe entre nosotros -explicó Satl sin sutilezas, rechazando inexorablemente las súplicas del desconcertado Lalio. Con tono cuidadoso y paternal, siguió hilando un discurso somero y algo ampuloso-: O bien está mintiendo y por tal deshonor será castigado, o bien compartía con Asón desde hace tiempo el conocimiento de esas actividades.

-No miente -sostuvo el militar con ostensible impaciencia-, pues hemos interrogado a algunos vecinos de la zona para extraer nuestras propias conclusiones antes de venir a arrestar al acusado. ¡Nos lo llevaremos también!

-¡No! -sollozó Lalio acompañando sus ruegos de aspavientos.

Pero los partidarios de Satl apoyaron sus palabras sabiendo que tenían un nuevo jefe tan justo como el anterior, ya que su intervención había disuelto cualquier sospecha indigna que pudiera caer sobre todos ellos y, por otra parte, limpiaba su propia imagen descartando que hubiera tomado parte en el complot contra Asón. Éste marchó detenido, agradeciendo a Satl su nobleza y sabiendo que todo quedaba en buenas manos.

-Ahora -dijo Satl cuando todos se hubieron esfumado con la niebla-, terminemos el reparto, por favor.

Al volver la calma, Kadham se olvidó de lo que hacían los Profesionales y se acurrucó sobre unas velas rasgadas para intentar conciliar el sueño.

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