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Cuentos de Atlántida


Vaticinios de decadencia

1 de Thot del año 20 en Ra; 10 de Maxul de 4215 tras la fundación de Aa...

Al crepúsculo se cerraban todas las puertas de la ciudadela para que las alimañas no pudieran entrar. Pero, en las riberas del río, como cada novilunio, se congregaba la gente de Totlan y alborotaba la noche, danzando al son de timbales y flautas y consumiendo sus provisiones de cerveza. Hacían vibrar los instrumentos fabricados a partir de cuernos de reses y crepitaba la selva. Todo el contorno se conmovía.

Desde la pequeña terraza que colindaba con su alcoba en el santuario, Weni Imhotep los contemplaba con avidez y se unía a la fiesta deleitándose con una copa de aquel líquido venerado por los nativos, refrescante y de un sabor extraordinario que producía un apacible hormigueo en la garganta. También desde allí volvía a admirar distraídamente el paisaje, verde y agreste, tan diferente de los palmerales y de las dunas del desierto que circundaba Kemet. Así, también recapacitaba sobre lo que le esperaba si algún día lograba regresar a la tierra de sus antepasados y transmitir a su padre los conocimientos que estaba adquiriendo junto a los dioses.

En el vasto cielo nocturno, distinguió el destello de Sopdet, aunque su posición era ligeramente distinta a la que se observaba normalmente en la Tierra Negra. Aquella jornada, marcada por la reciente aparición de la estrella, Weni cumplía un año más en el mundo de los vivos.

-Míralos, cómo se divierten -apreció Ptah Jnum, que había aparecido inadvertidamente, colocándose a su lado. Apoyó ambas manos en la repisa del balcón de piedra haciendo que tintinearan los brazaletes de plata dorada con mercurio que se enroscaban como serpientes en sus brazos-. Disfrutan con ilusión cada día y eso bien merece una alabanza. Es lo que más me gusta de vosotros, los Maasi. Vuestra capacidad de adaptación a las circunstancias, de vencer los percances y de absorber las ideas.

En Weni no se había mitigado aún la sorpresa ante la soberbia presencia del maestro alfarero, que había turbado su intimidad sin saludos efusivos, y de pronto sintió ofuscado el cerebro por la bebida, lo que lamentó enormemente porque no abundaban las ocasiones en que podía conversar tranquilamente con el Prefecto. Ptah Jnum envolvía paternalmente a su huésped con la intensa mirada de aquellos ojillos profundos y penetrantes y con el discurso que emitía su insulsa boca de pez.

-Sus vidas discurren con la misma parsimonia que fluyen las aguas del Patzalos, llegando rápidamente a la desembocadura en el mar donde muere, ¿no es así, Imhotep?

-Todas tienen un sentido y una finalidad, arawa.

En lontananza ululaban los búhos y rugían las panteras, que pernoctaban en busca de caza. El bramido de aquellos felinos, infinitamente más feroz que el maullido de los gatos que poblaban los templos egipcios, sonaba armonioso al brotar de sus fauces y componían una melodía de fondo que acompasaba los ritmos de los lugareños.

-Mira, Imhotep.

Observaron cómo recorría poderosamente la concavidad del firmamento el fulgor de un cometa, una estrella con cola que se desplazaba con aparente lentitud, arrastrando una estela rojiza tras ella.

-En mi patria los sabios auguran señales de lo venidero cuando vislumbran uno de estos fenómenos -comentó Weni con calma, recuperando la sobriedad y la lucidez.

-Quienes, como la anciana Suprema Maestra Iset, lo recuerdan, afirman que un cuerpo como éste brillaba en el cielo el día que Heru Tehuti decidió abdicar de su trono en tu tierra y legó su poder a uno de sus acólitos humanos, el magnánimo Menes. Con Heru nos marchamos de allí sin dejar vestigios materiales, tan sólo leyendas y profecías.

Weni escuchaba en silencio a Ptah Jnum. Con aquellas palabras, se reforzaban sus propias hipótesis sobre el origen divino de los héroes egipcios y se confirmaban las teorías que Kadham le había relatado hacía algún tiempo, a bordo del Farl-ik-Oon y en Lea Aztli. ¡Qué formidables aventuras había vivido en aquella isla! ¡Y cómo añoraba a sus intrépidos amigos, entre monstruos diez o veinte veces más grandes que los hipopótamos amparados por el curso del gran Hapi!

-Presagio al ver ese astro teñido del color de la sangre presidiendo nuestros designios que la triste insurrección de los súbditos de Aztlan sólo es un anuncio de nuestro declive, amigo Imhotep. Ocurra lo que ocurra, procura elegir bien tu bando y no equivocarte.

-Espero no fallarte, gran maestro -manifestó Weni, indeciso ante esas francas predicciones, moviendo la cabeza involuntariamente. Entonces aún no sabía lo que le deparaba el inmediato futuro ni conocía la propuesta que le harían sus amigos mediante el correo que recibiría a la mañana siguiente.

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