[Anterior]
[Volver al Indice]
                  


Cuentos de Atlántida


La fórmula más importante

17 de Paofi del año 20 en Ra; 16 de Poam de 4215 tras la fundación de Aa...

Las bandadas de pájaros sobrevolaban sus cabezas mientras avanzaban por la vereda que bordeaba el Patzalos, remontando el río en una larga caminata campo a través, ya que, a pesar de su caudal, ni este río ni sus afluentes eran navegables. El sudor perlaba la frente de Weni debido al húmedo y cálido clima tropical. Se movía fascinado por las maravillas naturales que conservaba aquella isla, siguiendo la comitiva compuesta principalmente por una compañía de fornidos Tlepoc. Al frente iba Ayperos, el Secretario de Ptah Jnum.

Quienes formaban el grupo iban ataviados por anchas fajas en la cintura y sencillos paños en la cabeza para contrarrestar los rigores de la travesía, con la excepción de Ayperos, que vestía una túnica talar abierta por el pecho. De vez en cuando, Weni se veía forzado a hacer reposo y refrescarse la piel en las benignas aguas del río que bañaba los aledaños de Totlan. El sagrado carro de Ra refulgía arriba exhibiendo su máxima potestad, haciéndose meritorio de toda oda por la perpetuidad del tiempo que prodigaba con su regreso cada amanecer.

Era inevitable recordar los márgenes del bello Hapi, que mojaba la seca arena para obtener como fruto el presente del limo fértil que daba vida a Kemet. Pero se hacía preciso realizar imponentes obras hidráulicas, diques, máquinas para elevar el agua, depósitos para almacenarla y canales para llevarla con equidad a todos los terrenos y distribuirla como en Aztlan, de manera que se pudieran afrontar años de inundaciones escasas o de violentas crecidas. Si volvía a la Tierra Negra, múltiples serían sus recomendaciones; ojalá fueran escuchadas. Estas reflexiones le apesadumbraban. Inclinó la cabeza en reverencia al Sol mientras salmodiaba unas letanías, implorando que no fuera tardío el momento del anhelado retorno.

La expedición por aquellas peñas transcurrió sin sobresaltos, pero podía resultar agotadora. Aunque no era el caso de Weni, que tenía vigorosas piernas. En realidad, aunque el camino resultaba arduo, no era tan grande el trayecto, pues sólo faltaba un trecho para alcanzar el destino y aún se divisaba atrás, sobre un montículo en la desembocadura, la fortaleza con sus murallas que protegían la ciudadela de Totlan. Los muros ciclópeos de su maciza morada le seguían entusiasmando. Desde allí se apreciaba la maraña de redes dispuesta en el edificio en construcción en prevención de que los obreros pudieran caer al vacío.

Acababan de pasar por unas canteras socavadas en la ladera de una montaña cuando empezó a correr una brisa fresca que hacía oscilar los tupidos arbustos y mermaba los efectos del calor. Llegaron así a un poblado de chozas construidas con material vegetal, ramas y troncos de árboles, y lo cruzaron saludando apenas a sus habitantes, que les recibieron taciturnos, con miradas curiosas. Desde allí ya no se oía el murmullo del río. Más allá de las cabañas se abría un sendero entre la espesa maleza por el que se internaron. Empezaron a discernir a su alrededor las ruinas de una antigua ciudad de piedra abandonada y devorada por la vegetación. Estaban en Xilompek, preservada desde tiempos remotos en aquel singular enclave, en parte engullido por el Patzalos.

Tras atravesar un arroyo que formaba cascadas entre los cascotes bajo la bóveda boscosa, llegaron a un claro donde se alzaba un espectacular obelisco truncado, al que le faltaba el extremo superior, escindido por un rayo, y que parcialmente relucía aún en aquellas secciones de oricalco que permanecían bruñidas y sin oxidar. Al fondo, sobre la frondosa arboleda, ya se veía una espigada construcción de forma piramidal erigida siglos atrás por los ancestros de los actuales ocupantes de la región, con balaustradas derruidas en la azotea superior y en las únicas escalinatas externas, que se presentaban en la fachada frontal.

La grandiosa pirámide se erguía ostentosamente sobre la explanada y superaba en altura a los más atrevidos gigantes arbóreos, pero era de singulares proporciones y parecía más pequeña a simple vista a causa de sus estrechos e inclinados costados. Se constituía como un cubo con los muros exteriores levemente inclinados, coronado por otro de menores dimensiones que a su vez sostenía otro enorme bloque. El monumento había resistido el paso del tiempo a la intemperie y el furor de la selva que arraigaba en sus muros sin conseguir agrietarlos. Era una arcaica muestra de la ingeniosa manipulación del granito; ya entonces se conseguía eludir las toscas fisuras de los ensamblajes con pocos medios mecánicos.

Era extraño, pero allí no se oía el rumor de ningún animal, como si el lugar sufriera el influjo de un sortilegio. Weni, que no era supersticioso, permanecía absorto, contemplando con languidez las maravillas de su derredor.

Zenutl, el jefe de los operarios que precedía el séquito de Ayperos, comenzó a ascender por una rampa y se detuvo ante una losa de grandes dimensiones que yacía en el suelo, orlada por inscripciones y jeroglíficos, rodeada de regias esculturas en honor de los gobernantes.

-Aquí es -indicó Zenutl, arrodillándose para arrancar las hierbas y enredaderas que habían crecido sobre la lápida.

-Éste es el sitio del que te habló la suprema grandeza de Ptah -anunció Ayperos imbuido de cierta satisfacción-, donde se conserva la fórmula magistral original en memoria de nuestros primeros días sobre este mundo. Ptah Jnum ha depositado su confianza en ti plenamente y quiere que conozcas el primitivo lugar donde se aplicaron los procedimientos del maestro alfarero, para que aprendas como aprendieron los antecesores de Zenutl.

Tosió, fatigado no tanto por el esfuerzo físico como por el aire que debía respirar, poco saludable para su naturaleza especial. Luego hizo un ademán y los Tlepoc que les acompañaban le obedecieron, introduciendo los dedos en la ranura donde quedaba encajada la gran losa. Pronto cedió a la presión y empezó a moverse hasta que giró sobre unas charnelas. Bajo la lápida quedó al descubierto un corredor subterráneo por el que Ayperos inició el descenso con grácil agilidad al tiempo que reanudaba las explicaciones con su voz cavernosa y desagradable.

-Después de Aa, Xilompek fue la segunda ciudad fundada por nosotros, los milenarios, y consagrada a la prosperidad de los Maasi. Ésta que ves es, en realidad, la primera pirámide levantada en Aztlan -expuso el Kuh-Chooh ceremoniosamente, pisando con cautela los peldaños excavados en la piedra viva. Una corriente de aire suspendió los ligeros tejidos de su túnica, impoluta pese a la excursión, y el pañuelo que cubría su calvo cráneo.

Los Tlepoc quedaron fuera, pero uno de ellos le proporcionó una antorcha apagada que él encendió inflamando el aire con un simple gesto de la cara. Algunos soldados se habían sentado en el basamento del obelisco para reponer energías, manteniendo desenvainados los alfanjes con que habían segado los matorrales a su paso. Otros guardaban la entrada al subsuelo.

La mortecina luz de la tea alumbraba tenuemente la galería de paredes compactas que penetraba en la completa oscuridad de la tierra. Había vanos a ambos lados, donde se alojaban urnas y féretros cuyo contenido Weni desconocía. Adheridas a los muros se sucedían estelas con grabados indescriptibles, sobre salientes y canaladuras cinceladas en la roca.

El pasaje secular conducía hasta un rellano que se abría en forma de cripta, cuyo pavimento era de baldosas de mármol negro y presentaba incrustaciones de lapislázuli dibujando las preciadas flores de loto azul. Pero tanto del techo como del suelo, sobre el que se había tendido dicho enlosado, surgían estremecedoras protuberancias de la piedra, componiendo hermosas esculturas verticales, algunas afiladas y otras robustas, algunas pequeñas y otras tan pronunciadas que se habían transformado en columnas. El constante goteo del agua de la lluvia, filtrada entre la roca caliza que erosionaba y disolvía, había construido esas estalactitas y estalagmitas durante cientos de siglos.

La cripta se había excavado en una gruta natural, pero parecía evidente que hacía muchísimo tiempo de eso, porque, en algunos puntos de la solería, habían aparecido diminutos conos como productos del mismo proceso. Ptah Jnum, tan aficionado al estudio de la materia pétrea, le había contado que, cuando descubrió las primeras formaciones de ese tipo, las que ahora Weni veía y admiraba por fin con sus propios ojos, decidió realizar un estudio acerca de ellas. Sólo seres como él, de tal longevidad, podían analizar estos fenómenos, pues la piedra invertía treinta, sesenta o más ciclos solares -dependía de los casos- para crecer apenas la longitud de una uña.

Al fondo de la cavidad, había un nicho, decorado con láminas de un metal que devolvía destellos plateados y rodeado de cortinas pétreas formadas también por el agua.

-No somos adeptos de los rituales -prosiguió Ayperos-, pero, cuando hubo que dejar a su suerte esta urbe porque el curso del río había cambiado, mis excelsos hermanos quisieron dejar aquí intactos los laboratorios primigenios como testimonio de su estancia. En ellos se concibió la sustancia más importante de Aztlan, tan dura como el diamante, tan diáfana como el agua, tan resistente como la roca, así como el modo específico de vencer estos atributos únicos. Es la materia en que se conservan nuestras más preciadas reliquias.

Inmediatamente, inspirado por aquellas explicaciones, Weni supo que aquélla era la sustancia que envolvería al Ojo Sagrado en su prisión y que, en efecto, sólo con su contribución sus amigos podrían llevar a buen fin sus maquiavélicos planes. La emoción alteró su gesto. Sin embargo, no encontraba más motivo que la pura amistad para darles su apoyo y permitirles triunfar si es que había alguna posibilidad. Los métodos de enseñanza de sus maestros, que emulaba con audacia, nunca habían sido profusos y habría sido una mezquindad menospreciar su hospitalidad.

-Aunque, claro -añadió el impasible Secretario con arrogancia-, la utilización de estas medidas de seguridad por mi estirpe parece excesiva e innecesaria cuando sólo han de enfrentarse a la limitada inteligencia de los Maasi o a la honesta lealtad de los Tlepoc.

De repente, mientras miraba las duras facciones de Ayperos, que se habían contraído en un mohín de desdén e indiferencia, un acceso de desesperación e ira afloró en el semblante de Imhotep y encontró una razón para colaborar con Edda, Kadham y Wilk en su arriesgada hazaña. Así consideró tomada la determinación, después de oír aquella afrenta llena de desprecio que le costó digerir y que había quebrantado sus sueños de igualdad y progreso junto a los dioses.

El joven egipcio sintió una enorme ansiedad y se enjugó el sudor que resbalaba por sus sienes, deseando comunicar a sus amigos cuanto antes que podían contar con él. Lo haría como acostumbraban a hacerlo en la isla, donde se servían de palomas mensajeras adiestradas para cruzar los cielos y mantener en contacto los diferentes puntos estratégicos de Manu.

[Anterior]
[Volver al Indice]